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Y tú, ¿qué tal?

De un tiempo para aquí me he dado cuenta de que cuando la gente me pregunta “y tú, ¿qué tal?” tengo que hacer verdaderos esfuerzos para no quedarme en blanco y responder alguna cosa con sentido. Aunque luego suelte un rollo tremendo… y ojo, que la respuesta puede ser normal (si finalmente encuentro el hilo) o puedo decir cosas que vete tu a saber de dónde las estoy sacando.

Es una sensación muy rara. Creo que la primera vez que la tuve fue a finales de junio cuando mi amigo Julien estuvo de visita en Barcelona. Como no nos vemos muy a menudo (sino sólo cuando él viene a Barcelona o… cuando él viene porque yo todavía no he pasado ni por Nantes ni por Toulouse) aprovechamos para ponernos al día. Esta vez no pudimos quedar mucho rato, pero él me estuvo contando sus excursiones por la montaña de forma muy apasionada y a mi me gustó mucho escucharle hablar. Más que por lo que decía, que también, por cómo lo decía. Al final de todo, me hizo La-Pregunta y en aquel momento no supe qué responder. Creo que su pasión por la montaña me había transmitido tal fuerza que no encontré nada dentro de mi que me hiciera tanta ilusión contarle, me decepcioné a mi misma y acto seguido, me quedé en blanco.

Desde entonces he estado dándole vueltas al momento y a lo que en realidad significa esa situación para mi. Y supongo que ésta es una de las primeras veces que lo exteriorizo. Desde entonces también, y sobretodo ahora que es época de vacaciones, me encuentro en situaciones “incómodas” (es una forma de decirlo) de: cómo te ha ido, cómo estás, qué tal la vuelta… preguntas que yo misma hago a mis amigos y compañeros y que, dicho sea de paso, nunca sé en qué momento hacerlas.

Desde ese “y tú, ¿qué tal?” con Julien han pasado sólo dos meses pero creo que empiezo a saber reaccionar a la pregunta con naturalidad (cada vez más, tampoco es tan fácil… :p). Y no sólo eso, sino que creo que es porque realmente he conseguido restarle atención a los problemas, los fracasos y a todas esas cosas que llevamos dentro y que no paran de tocarnos la moral, nunca mejor dicho, para centrarla en cosas que realmente me ilusionan. Es más, para darme cuenta de qué cosas me ilusionan :

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Comunicación y desarrollo de habilidades

Esta semana he asistido a un curso de comunicación en Madrid. El curso lo imparte “Growman Group”, y desde mi punto de vista, es un curso por el que debería pasar todo el mundo. Tanto a nivel personal como profesional, lo que se aprende en él tiene un valor altísimo.

Este es el primero de los posts que seguramente le dedicaré a los temas tratados en el curso. No sólo porque considero que son dignos de reflexión y que el hacerlo me ayudará a interiorizar algunos temas (algunos por primera vez, otros no…), sino también por el deseo de compartir estas reflexiones con los que me rodean (y leen mi blog :p).

Bueno chicos, lo prometido es deuda, aquí va el vídeo (¡gracias por dejarme colgarlo!):

Juan, M. Dolores: Gracias por todo lo que me habéis enseñado durante estos tres cortos pero intensos días.

Juanjo: Ojalá pudiéramos charlar más a menudo en el metro, de camino al trabajo.

Fernanda: Qué suerte tiene tu empresa de que alguien que piensa tanto en las personas dirija el dpto de RRHH 🙂

Antonio: Si algún día decido pasarme al mundo de la venta te llamaré seguro, porque de verdad que tu habilidad para la oratoria es admirable.

Mariano: Pues eso… que si lo que realmente quieres es volver a Barcelona, ¡no dejes de hacerlo!

Tomás: Que saber decir que no cuando la ocasión lo merezca no te va a hacer menos “trozo de pan” de lo que eres 😉 Y que ayer al llegar a casa compartí nuestra teoría de que vivir en pisos pequeños disminuye las peleas… y se rieron un poco de mi jaja!

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Querer, poder y pensar

¿Querer o poder? ¿Qué es primero? ¿Y entre querer- sentir y pensar?

Sobre si es primero querer o poder

Siempre había pensado que lo primero es querer, porque si no quieres ¿qué más da que puedas? Es como lo del árbol que se cae en medio de un bosque y nadie lo ve… ¿sucede? Pues si puedes, pero no quieres, para mi, hasta hace poco, era como no querer (o ¿qué más da?). Antes de seguir, un paréntesis. En el libro que estoy leyendo ahora mismo (“Hay alguien ahí fuera” de Marian Keyes) la protagonista dice algo que, cuando lo leí, me hizo mucha gracia. Y tiene que ver con esto. Cuando te compras una pamela horrible para una boda pero no te la pones porque te da mucha vergüenza y nunca nadie la ve porque no la sacas jamás del armario, ¿sigue siendo una horterada?

Siguiendo con lo de querer y poder, o poder y querer. Hubo quien casi me convenció de que no, de que primero es poder, porque si no puedes, da igual que quieras. A lo que yo argüí, con otras palabras porque fue antes de conocer la cita, algo así como “lo lograron porque no sabían que era imposible”. Es decir, que lo que importa es que quieras. Sin embargo, Jordi Suriol, en su curso de comunicación, logró convencerme, no de lo contrario, pero sí de la importancia del “poder” (verbo).

Puso el ejemplo del que no puede y quiere, y quiere tanto que fuerza la máquina, el cuerpo o lo que sea, hasta que lo rompe, incluso hasta llegar a la muerte. Eso hizo plantearme que quizás querer no es suficiente, que es importante tener en cuenta las capacidades de uno a todos los niveles (físicas, mentales, habilidades, circunstancias que le rodean a uno) y no querer en exceso aquello que puede acabar volviéndose contra uno mismo por haber querido por fuera de tus posibilidades (más o menos).

Yo sigo abogando por la ilusión y las utopías (que incentivan la realidad). O sea que, a pesar de lo dicho, para mi primero querer. Sin embargo, tendré mucho más en cuenta el poder a partir de ahora 🙂

Sobre si es primero querer o pensar

Esto ni tan siquiera me lo había planteado. Seriamente digo. Claro que alguna vez me había dado cuenta de que mi corazón persigue algo porque mi cabeza se lo ha propuesto, o que me propongo algo porque lo siento y siento que “tiene que ser así”. Pero no me había parado a pensar si el sentimiento provoca el pensamiento o viceversa.

Pensar antes que querer- sentir. Los sentimientos y emociones se derivan de los pensamientos cuando uno piensa, luego siente, luego actúa… luego existe, ya lo decía Descartes.

Sentir antes que pensar. Es propio del carácter impulsivo, uno siente, piensa condicionado por lo que siente, y actúa (impulsivamente).

La realidad es que no soy capaz de desenmarañarlo. ¿Qué es mejor, ser fiel a la vocecilla interior que llevamos dentro (el sentir, el querer) o sentir el control de nuestro ser? ¿Por qué no se podrán las dos cosas a la vez?

¿Se podrá? Supongo que lo mejor será decidir primero lo que quiero.

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