La niña a la que se le cayó el caramelo de la boca al suelo

Érase una vez

Cuando era pequeña mis padres me llevaban cada Navidad al Saló de la Infància: el evento familiar más esperado del año (al menos para mi). Hija de hosteleros- además de hija única- pocas eran las veces en las que una servidora podía disfrutar de sus padres y “hacer cosas normales como el resto de los niños” (sí, así de cruel era). Y aún menos durante épocas festivas como por ejemplo la Navidad. La Navidad, los meses de verano o los fines de semana eran, con diferencia, las peores ocasiones para poder estar en familia. Sin embargo, a la cita Navideña con el Saló de la Infància, a esa, no faltábamos nunca, ni mis padres ni yo, durante todos los años durante los cuales fui capaz de alargar mi infancia.

Entre las diversas actividades que se llevaban a cabo durante el salón de la infancia, una de ellas era participar como público en el directo de un programa de televisión. Aquél año fueron los Picapuça, que daban en TVE2. Me encantaba ese programa: saltos, risas, payasos, canciones, era todo diversión. O al menos eso es lo único que recuerdo. Estuvimos como siempre entre el público, riéndonos mucho y yo rezando para que no me escogieran y me hicieran salir a participar. Por suerte ese año me volví a salvar.

Recuerdo que estábamos fuera del recinto, cuando uno de los tres payasos protagonistas pasó, vestido de calle, por nuestro lado. Yo me estaba comiendo un caramelo de naranja. “Oh, es uno de los Picapuça!” les dije a mis padres emocionada. Y mi padre, ni corto ni perezoso,  cogió y le dijo al susodicho algo así como “Hola, hemos estado en el programa y nos lo hemos pasado muy bien. Muchas gracias. Y ésta es nuestra hija, a la que le encantaría conocerte.”

Meeeec. Si bien mi padre no estaba equivocado- yo soñaba con conocer a ese payaso- la realidad era muy diferente: yo no quería tener que hablar con ese payaso.

En otras palabras:

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Durante los 5 segundos restantes, que podían haber sido 5 minutos y que a mi personalmente me parecieron 5 horas, nadie dijo nada. Yo me quedé pasmada mirando al Picapuça y no fui capaz de articular palabra.

Mi madre me dio un golpecito en la espalda y me dijo “Pero di algo”.

Y cuando por fin se me abrió la boca, fue para que el caramelo de naranja que me estaba comiendo se cayera al suelo.

No recuerdo nada más, a parte de pasar una vergüenza enorme.

Nada ha cambiado…

Aunque los que me conocen me tienen por extrovertida (la verdad, no hablo poco), y aunque parezca mentira, nada ha cambiado. Aún hoy sigo siendo esa niña a la que no dejan de caérsele los caramelos al suelo cada vez que pide un café con leche desnatada, una cerveza en un bar, un billete en el autobús- gracias tarjetas mensuales- le da las gracias y la propina al pizzero, se encuentra con un conocido por la calle y no sabe hacia dónde mirar ni cómo saludar (si nos conocemos y alguna vez no he saludado, perdona, seguramente me dio vergüenza), … y tantas y tantas otras ocasiones, incluidos los días de nuestras bodas. Los dos. El primero con 4 personas y el segundo con 110. (Pero esa es otra historia, y el esfuerzo y la vergüenza definitivamente valieron la pena).

Hablar mucho no es sinónimo de ser extrovertido. Reírse muy alto (algo que también me caracteriza) tampoco. Cuando le digo a al gente que soy introvertida me miran con cara de ‘no puede ser’. Pues sí, sí que puede ser.

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