Correr, caminar y Ponferrada

Correr

Estoy leyendo “De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Murakami es un escritor que me gusta mucho, pero desde que estoy leyendo este relato autobiográfico, todavía más. Todavía no lo he terminado, pero lo recomiendo.

Leyendo estas líneas a propósito de uno de los maratones de los muchos que ha corrido Murakami recordé, como salida de la nada, mi llegada a Ponferrada. Pero primero las líneas:

No me apetece nada contar esto (de ser posible me gustaría dejarlo oculto en el fondo del armario), (…). Hasta el quilómetro treinta iba a un ritmo aceptable. Incluso pensaba que, si seguía así, llegaria a meta con un tiempo aceptable. (…) Justo después del kilómetro treinta, de repente las piernas empezaron a no responderme. Me entraron calambres, que se fueron haciendo progresivamente más intensos, y, finalmente, ya no pude correr nada. (…) Fue la primera vez en mi vida que tuve que caminar durante un maratón. (…) Quería llegar a la meta aunque fuera a gatas. (…) Pero nunca había imaginado que al dejar de correr sentiría tantísimo frío. Si sigues corriendo, el cuerpo entra en calor. Sin embargo, lo que de veras me dolía, mucho más que el frío, eran mi orgullo herido y mi lamentable imagen caminando penosamente por el trazado del maratón.

Caminar

Correr es algo que no hago a menudo. Caminar es algo que me gusta. Prefiero ir andando que en bici. Prefiero ir andando que en metro, aunque a menudo acabo yendo en metro. Me gusta leer mientras camino. Caminar es algo que hice mucho, muchos días seguidos, durante el pedacito de Camino de Santiago que recorrí (León- Santiago de Compostela), hará ya más de tres años.

Si he conectado con algo de este texto de Murakami no es con la perseverancia, con la disciplina, con el “tener que”  llegar a la meta y con el orgullo herido. Si he conectado con algo ha sido con el sentimiento absoluto de abatimiento, de no poder reanudar la marcha, con mi lamentable imagen caminando penosamente por el trazado del camino…

Ponferrada

… al llegar a Ponferrada. Así me siento yo respecto a aquel episodio de mi vida: vergüenza, imagen penosa, dolor.

A una de mis mejores amigas (aunque la distancia, física y no tan física, nos separe a veces), Marina, la conocí inmediatamente después del momento que voy a narrar. Inmediatamente después. Hasta ahora siempre que pensaba en cuándo nos habíamos conocido, pensaba en esto, pero no en lo que voy a contar. Por algún motivo que desconozco y que seguramente no tiene que ver con las palabras ni con el significado de las mismas, hasta que leí el fragmento de Murakami no me di cuenta.

Llevaba 3 días caminando a una media de 30km al día. Caminar, ducharme, comer, escribir, llamar a mis padres, dormir. Caminar. El primer y el segundo día había empezado a caminar muy pronto por la mañana, todavía oscuro. Caminaba sola, soportaba el peso de la mochila, de la mochila de la ropa y de la otra mochila… la de la vida. No sé bien si escapaba o si me dirigía a alguna parte. Ahora, desde la distancia, creo que iba a alguna parte, a alguna parte buena. Crucé un pueblo cuyo nombre no recuerdo y un largo, interminable, camino de 3 o 4 km (si no recuerdo mal) me separaba de Ponferrada, lugar en el que podría descansar. Hacía sol, hasta me puse rojita y pude ir todo el día en manga corta. El camino parecía no terminarse nunca.

De repente mis piernas dejaron de caminar. Me senté al lado de una verja y empecé a llorar. No sé con qué ni con quién conecté en ese momento pero me invadieron un montón de sensaciones, buenas y no tan buenas, y un peso enorme. Mis piernas no podían, no podían seguir caminando. Estaba a las puertas, a las puertas de Ponferrada y del ascenso. A las puertas de conocer a Marina y de salir de un sitio bueno para dar el siguiente paso y entrar en uno mejor. Me sentía total y absolutamente vacía, perdida y abatida.

Una mujer se detuvo y me dijo “No llores más, chica. Si ya estás en la ciudad, está aquí, es esta curva. Venga, que ya no te queda nada.” ¿Qué no me queda nada? ¡¿QUE NO ME QUEDA NADA?! Y una mierda, pensé. Y en efecto no me quedaba nada. Qué abismo.

En mi vida, como todo el mundo supongo, he sentido abismos. Este es uno de los abismos más intensos que recuerdo.

Bebí agua, me puse cacao en los labios cortados y seguí caminando. Me recuperé. No sprinté como Murakami al final de su maratón, pero sí que caminé sin parar hasta llegar al albergue. A partir de ahí mi camino fue otro, ya había llegado a mi primer destino. Algo de luz al fin.

3 comentarios

Archivado bajo Deportes, Viajes, Vida

3 Respuestas a “Correr, caminar y Ponferrada

  1. No me veo capaz de escribir un comentario que esté a la altura de este post. Me ha impactado. No conocía ese pedacito de tu experiencia haciendo el camino hacia Santiago. Estoy seguro que te habrá ayudado y te ayudará si alguna vez te vuelves a encontrar con uno de esos abismos. Sin duda tú eres una de las personas que me ha ayudado a hacer menos dramáticos los míos.

  2. Hace unos meses lei una resenia sobre este libro y me dije: “tienes que leerlo si o si”, y lo guarde en el tag toRead de mi Delicious. Hace un par de dias Luisfer escribio que lo estaba leyendo, y ahora lo haces tu. Me parece que lo voy a ir encargando por Amazon…

    Ponerse al limite es una de las mejores formas de purgarse. El cuerpo y la mente te hacen ser muy consciente de las verdaderas limitaciones inherentes a tu ser, al ser humano. Es entonces cuando, impotente y humilde, te dejas llevar, lo aceptas y sale mucha mierda fuera.

  3. vramosp

    @Alex No sabes cuánto me alegro.

    @Banyú Ponerse al límite… eso es. Mucha mierda, sale, mucha. Pero de vez en cuando hay que hacerlo.

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